
Capítulo XX
El Final
En Francia, sólo aquéllos que persistían en la herejía debían ser entregados al brazo secular, a la nueva investigación papal pero debido a una interpretación rígida de esta medida, aquéllos que negaban sus confesiones anteriores eran considerados herejes reincidentes. Por ello, cincuenta y cuatro Templarios que se habían retractado luego de haber confesado, fueron condenados como reincidentes y quemados públicamente el 12 de mayo de 1310. Lógicamente, los demás Templarios que habían sido juzgados, con muy pocas excepciones, se declararon culpables al ver la suerte de corrida por sus compañeros.
Mientras, la Comisión papal asignada al examen de la causa de la Orden, había asumido sus deberes y reunió la documentación que habría de ser sometida al Papa y al Concilio general convocado para decidir sobre el destino final de la Orden. La culpabilidad de las personas aisladas, que se evaluaba según lo establecido, no entrañaba la culpabilidad de la Orden. Aunque la defensa de la Orden fue efectuada deficientemente, no se pudo probar que, como cuerpo, profesara doctrina herética alguna o que una regla secreta fuese practicada por ellos. En consecuencia, en el Concilio General de Viena, en Dauphiné el 16 de octubre de 1311, la mayoría fue favorable al mantenimiento de la Orden.
El Papa, indeciso y hostigado por el Rey de Francia, finalmente adoptó un término medio, decretó la disolución, no la condenación de la Orden, y no por sentencia penal sino por un Decreto Apostólico (Bula del 22 de marzo de 1312). Suprimida la Orden, el Papa mismo debía decidir acerca del destino de sus miembros y cómo disponer de sus bienes. Las propiedades fueron entregadas a la rival Orden de Los Hospitalarios para ser usadas en su propósito originario, cual era la defensa de los Santos Lugares. Sin embargo en Portugal y en Aragón, el dominio fue entregado a dos Órdenes nuevas, la Orden de Cristo en Portugal y la Orden de Montesa en Aragón. En cuanto a los miembros, a los Templarios reconocidos sin culpa se les permitió unirse a otra Orden militar o bien regresar al estado secular, otorgándoles una pensión vitalicia con cargo a los bienes de la Orden.
Por otra parte, los Templarios que se habían declarado culpables delante de sus obispos habrían de ser tratados "conforme a los rigores de la justicia, atemperados por una misericordia generosa".
El Papa reservó para su propio arbitrio la causa del Gran Maestre, Jacques de Molay, y de sus tres primeros dignatarios. Ellos habían confesado su culpabilidad; restaba reconciliarlos con la Iglesia, luego que hubieren atestiguado su arrepentimiento con la solemnidad acostumbrada. Para darle más publicidad a esta
solemnidad, delante de Notre-Dame fue erigida una plataforma para la lectura de la sentencia. Pero en el momento supremo, el Gran Maestre recuperó su coraje y proclamó la inocencia de los Templarios y la falsedad de sus propias supuestas confesiones.
En reparación por este deplorable instante de debilidad, se declaró dispuesto al sacrificio de su vida. Sabía el destino que le aguardaba. Inmediatamente después de este inesperado coup-de-théâtre fue arrestado como herético reincidente junto a otro dignatario que eligió compartir su destino y fueron quemados en la estaca frente a las puertas del palacio.
Esta valiente muerte impresionó profundamente al pueblo y, dado que tanto el Papa como el Rey de Francia fallecieron poco después, corrió la leyenda que el Gran Maestre desde el seno de las llamas los había convocado a los dos a comparecer dentro del año frente al tribunal de Dios.




