
Capítulo XVIII
El Juicio
El 13 de octubre de 1307, Felipe IV ordenó arrestar a todos los Templarios para someterlos a una interrogación
rigurosa y cruel, Jacques de Molay, último gran maestre de la orden, y 140 templarios fueron encarcelados. Para conseguirlo, Felipe IV hizo creer a sus fuerzas que la orden había sido causada por petición de los Inquisidores Eclesiásticos, pero nada más lejos de la realidad, fue una decisión unilateral del propio Rey.
En los interrogatorios se empleó sin piedad la tortura, cuyo uso era autorizado por el cruel procedimiento de la época para el caso de crímenes cometidos sin testigos. A causa de la falta de evidencia, los acusados podían ser condenados solamente por su propia confesión y para obtenerla, el empleo de la tortura era considerado necesario y legítimo.
El secreto de la Orden en sus ritos de iniciación fue utilizado, para desgracia de ellos, en su contra. Brindó la gran oportunidad a los enemigos de los Templarios para inferir a partir de ese misterio toda suposición maliciosa concebible y basar en ella las monstruosas imputaciones. Los Templarios fueron acusados de escupir sobre la Cruz, de negar a Cristo, de tolerar la sodomía, de adorar a un ídolo, todo en el más impenetrable secreto.
La mayoría de los acusados se declararon culpables de estos crímenes secretos luego de ser sometidos a una feroz tortura, en la cual muchos de ellos sucumbieron. Algunos efectuaron similares confesiones sin el uso de la tortura pero por miedo a ella; la amenaza había sido suficiente. El propio Gran Maestre, Jacques de Molay, admitió posteriormente haber mentido para salvar la vida.
Pero estas detenciones e interrogatorios no contaban con la autorización del Papa, quien tenía a las órdenes militares bajo su jurisdicción inmediata. Clemente V no sólo lanzó una enérgica protesta, fue más allá, anuló el juicio íntegramente y suspendió de poderes a los obispos e inquisidores que habían participado en el juicio.
Pero Felipe IV no se dio por vencido; primero se hizo otorgar por la Universidad de París el título de Campeón y
Defensor de la Fe, después, alzó al pueblo en contra de lo horrendos crímenes de los Templarios en los Estados Generales de Tours. Más aún, logró que se confirmaran delante del Papa las confesiones de setenta y dos Templarios acusados, quienes habían sido expresamente elegidos y entrenados de antemano. En vista de esta confirmación realizada en Poitiers en junio de 1308, el Papa, que hasta entonces había permanecido escéptico, finalmente se mostró interesado y abrió una nueva comisión, cuyo proceso él mismo dirigió.
La segunda fase del proceso fue un interrogatorio Papal, ya no sólo para los Templarios de Francia sino que se extendió a todos los países Cristianos de Europa y hasta Oriente.
En la mayoría de los demás países, Portugal, España, Alemania, Chipre, los Templarios fueron hallados inocentes; en Italia, salvo por unos pocos distritos, la decisión fue la misma.
Pero en Francia, las Inquisiciones Episcopales aceptaron los hechos como se habían establecido en el primer juicio organizado por Felipe IV, y se limitaron a reconciliar a los arrepentidos miembros culpables, imponiendo diversas penalidades canónicas que se extendían hasta la prisión perpetua.




