
Capítulo XVI
El inicio de su crepúsculo….
Pero la situación de los Templarios en el país de sus fundadores ya no era la misma, el Rey de Francia, Felipe
IV, junto a las manipulaciones de sus Consejeros, habían dejado al país sometido a los caprichos del Monarca.
Aún así, los Templarios se veían poderosos y seguros, casi todos los tesoros de la corona se encontraban en su poder, bajo su custodia, a parte de sus propias riquezas. Pero el Monarca temía que los Templarios, al igual que hicieron los Hospitalarios en Chipre, aspirasen a formar su propia soberanía francesa.
Mientras, Ramón Llull, religioso y noble mallorquín, considerado como uno de los intelectuales más originales y cultos de la cristiandad, propugnaba con fuerza una nueva Cruzada. La misión clara, conquistar de nuevo los Santos Lugares. Para ello necesitaba la creación de una nueva Orden militar, salida de la fusión de los Hospitalarios y de los Templarios. El propio Felipe hizo de la idea suya e incluso el Papa Clemente V se lo propuso a Jacquesde Molay, el Gran Maestre, pero sorprendentemente, la oferta fue rechazada. Mientras los Hospitalarios seguían construyendo hospitales y acondicionando fortalezas, los Templarios se encontraban sumidos en la desidia.
Consideraban que Dios les había abandonado, su falta de fe les llevaba a creer que ahora Dios sólo favorecía a los musulmanes. Pero esa supuesta pérdida del favor divino que esgrimían no era causal, los “Pobres Caballeros de Cristo” ya no eran tan pobres. La acumulación de riquezas, la prestación de dinero a intereses que cobraban por anticipado… Tanto el Banco como la Marina del Temple habían tendido una inmensa red comercial, estableciendo relaciones no sólo con los países cristianos sino también con los estados musulmanes. Subordinando sus principios, la defensa de las Tierras Santas y su lucha contra los infieles, a meros intereses mercantiles y bancarios.
La sobreabundancia de dinero y de riquezas representaba para el Temple un estímulo cada vez más fuerte para intervenir en el poder e incluso, luchar por el poder.
La desconfianza y el medio se iban apoderando cada vez más de Felipe IV, añadiendo además, las deudas que su país había adquirido con ellos por el préstamo que su abuelo Luís IX solicitó para pagar su rescate tras ser capturado en la VII Cruzada, y su deseo de un estado fuerte, concentrando todo el poder.
Las relaciones con el actual Papa, Clemente V eran muy estrechas, a diferencia del anterior, Bonifacio VIII -con el que el Rey de Francia tuvo varios altercados hasta llegar al conocido como «atentado de Anagni» donde dos colaboradores suyos, Guillermo de Nogaret y Sciarra Colonna llegaron a Anagni y encontraron al Papa solo en la gran sala del palacio episcopal, abandonado por sus partidarios. El anciano hombre de 88 años estaba sentado sobre un escaño alto, vestido de ceremonia. Al verles aproximarse inclinó levemente la cabeza y declaró:" He aquí mi cabeza, he aquí mi tiara: moriré, es cierto, pero moriré siendo Papa". Nogaret retrocedió
impresionado, mientras que Colonna, en su odio hacia Bonifacio VIII, avanzó insolentemente y le dio una bofetada con su manopla de hierro. Con la violencia del golpe, el anciano cayó estrepitosamente de su trono. Poco después, la población de la ciudad, avergonzada de haber abandonado al Papa, se dirigió al palacio y detuvo a los franceses. Pero era demasiado tarde: la violencia de la que había sido víctima, definitivamente había quebrantado la razón de Bonifacio VIII. Él murió un mes más tarde sin reconocer a sus parientes y rehusando la extremaunción-. Por ello le fue fácil convencerle para que abriese el proceso contra la Orden del Temple.
Se les acusó de escupir sobre la cruz, de renegar de Cristo a través de la práctica de ritos impíos, de adorar a Baphomet y de tener contacto homosexual, entre otras cosas.
El proceso duraría siete años.




