Los Templarios: Orden de los pobres caballeros de Cristo y del Templo de Salomon – Cap XV


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Capítulo XV
Los Grandes Maestres (I Parte)

Hugo de Paynsse, 1070-1136, fue el primer Gran Maestre y fundador de la Orden del Temple. Nació en 1070 en el castillo de Payns cerca de Troyes y murió en Palestina en 1136.
Hugo de Paynsse sirvió en el ejército de Godofredo de Bouillon durante la Primera Cruzada. Fundó en Jerusalén la orden que más tarde se convertiría en el Temple, e hizo que fueran aprobados sus estatutos en el Concilio de Troyes, en 1128.
Dirigió la Orden durante casi veinte años hasta su muerte, haciendo de ella una influyente institución militar y financiera internacional.

 

Robert de Croan, Señor de Croan. Desde 1136 hasta 1146 ocupó el cargo de Gran Maestre de la Orden del Temple. No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento, fue hijo de Renaud de Croan, siendo el segundo hijo de la familia. Se instaló en Aquitania, donde mantuvo relaciones con Leonor, heredera de Chabanais y Gonfolons. Tras su fracaso amoroso y ante la noticia de la fundación de la Orden del Temple por Hugo de Paynsse, marchó hacia Palestina para convertirse en Templario. Tanto por su valor militar como por su piedad se impuso rápidamente en el seno de la Orden, al punto que fue designado Gran Maestre en junio de 1136, a la muerte de su fundador.

Destacó como un brillante organizador e hizo de la Orden del Temple la auténtica promotora de los Estados Latinos de Oriente. Su papel legislativo interno fue muy importante y consiguió que en 1139 el papa Inocencio II, mediante la bula «Omne datum optimum» concediese a la Orden numerosos privilegios. Así, los Templarios fueron excluidos del pago del diezmo, no pertenecer a la jurisdicción episcopal, lo que significaba que la Orden contaba con sus propios eclesiásticos, siendo  autorizados a llevar la cruz roja sobre sus mantos blancos.

Evrard des Barrès fue el tercer Gran Maestre de los Templarios y gobernó la orden desde marzo de 1147 al 1151. Cuando en enero de 1147 falleció el Gran Maestro Robert de Croan, era uno de los principales dignatarios de la Orden del Temple, ya que Evrard llevaba el título de Preceptor de Francia. Apenas designado, debió intervenir militarmente a la cabeza de sus Templarios para salvar al rey de Francia Luís VII, quien dirigiendo la Segunda Cruzada, se encontró en situación comprometida en los desfiladeros de Pisidia.

Evrard des Barrès fue un hombre muy religioso, eminentemente respetable y que poseía los valores de un caballero, valiente y enérgico. Cuando la Cruzada se acabó por el fracaso ante Damasco, Luís VII regresó a Francia con Evrard, el cual le había prestado una importante cantidad de dinero. El Gran Maestre abandonó a sus tropas, las cuales triunfaron defendiendo Jerusalén contra el  ataque de tropas turcas en 1149.

A su vuelta, Evrard des Barrès abrazó la vida monástica de Claraval, abdicando en 1151 como Maestre a pesar de las presiones de los Templarios para que continuase  en el cargo. Murió en 1174.

Bernard de Tremelay, el cuarto Gran Maestre de la Orden del Temple.  Fue elegido en 1151 para suceder a Evrard des Barrès, después de que un tal Hugues hubiera asumido por un periodo de interregno el cargo.
Borgoñón de nacimiento y antiguo comendador de Dole, en el Franco Condado, Bernard de Tremelay reconstruyó la ciudad de Gaza.

Los Templarios participaron en el asedio de Ascalón, que Balduino III quería arrebatar a los egipcios. Construyeron una torre de asalto que los asediados consiguieron incendiar. Pero el viento, que soplaba las llamas sobre las murallas, abrió una brecha a través de la cual se precipitaron los Templarios al interior de la fortaleza. Su coraje y el error de no solicitar refuerzos le costó la vida a él y a los valerosos cuarenta Templarios que le acompañaron, era el 16 de agosto de 1153, días antes de la toma de la ciudad. Sus cuerpos fueron expuestos sobre las murallas y sus cabezas cortadas fueron enviadas al sultán, en Egipto.

El 19 de agosto de 1153, el estandarte templario ondeaba sobre las murallas de Ascalón. El coraje extraordinario con el que se habían conducido los Templarios en el momento de la batalla fue alabado en todas las cortes de Occidente y el papa Anastasio IV les concedió nuevos privilegios.

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